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Las Puertas Solsticiales

Rene guenon

 Hemos dicho que las dos puertas zodiacales, que son respectivamente la entrada y la salida de la “caverna cósmica” y que ciertas tradiciones designan como “la puerta de los hombres” y la puerta de los dioses”, deben corresponder a los dos solsticios, debemos ahora precisar que la primera corresponde al solsticio de verano, es decir, al signo de Cáncer, y la segunda al solsticio de invierno, es decir, al signo de Capricornio. Para comprender la razón, es menester referirse a la división del ciclo anual en dos mitades, una “ascendente” y otra “descendente”: la primera es el período del curso del sol hacia el norte (uttaràyana), que va del solsticio de invierno al de verano; la segunda es la del curso del sol hacia el sur (dakshinàyana), que va del solsticio de verano al de invierno[2]. En la tradición hindú, la fase “ascendente” está puesta en relación con el deva-yâna [‘vía de los dioses’], y la fase descendente con el pitr-yâna[‘vía de los padres (o antepasados)’][3], lo que coincide exactamente con las designaciones de las dos puertas que acabamos de recordar: la “puerta de los hombres” es la que da acceso al pitr-yâna, y la “puerta de los dioses” es la que da acceso al deva-yâna; deben, pues, situarse respectivamente en el inicio de las dos fases correspondientes, o sea la primera en el solsticio de verano y la segunda en el solsticio de invierno. Solo que, en este caso, no se trata propiamente de una entrada y una salida, sino de dos salidas diferentes: esto se debe a que el punto de vista es otro que el referente de modo especial al papel iniciático de la caverna, bien que en perfecta conciliación con éste. En efecto, la “caverna cósmica” está considerada aquí como el lugar de manifestación del ser: después de haberse manifestado en ella en cierto estado, por ejemplo en el estado humano, dicho ser, según el grado espiritual al que haya llegado, saldrá por una u otra de las dos puertas; en un caso, el del pítr-yâna, deberá volver a otro estado de manifestación, lo que estará representado, naturalmente, por una nueva entrada en la “caverna cósmica” considerada así; al contrarío, en el otro caso, el del deva-yâna, no hay ya retorno al mundo manifestado. Así, una de las dos puertas es a la vez una entrada y una salida, mientras que la otra es una salida definitiva; pero, en lo que concierne a la iniciación, esta salida definitiva es precisamente la meta final, de modo que el ser, que ha entrado por la “puerta de los hombres”, debe salir, si ha alcanzado efectivamente esa meta, por la “puerta de los dioses”[4].

Hemos explicado anteriormente que el eje solsticial del Zodíaco, relativamente vertical con respecto al eje de los equinoccios, debe considerarse como la proyección, en el ciclo solar anual, del eje polar norte-sur; según la correspondencia del simbolismo temporal con el simbolismo espacial de los puntos cardinales, el solsticio de invierno es en cierto modo el polo norte del año y el solsticio de verano su polo sur, mientras que los dos equinoccios, el de primavera y el de otoño, corresponden respectivamente, y de modo análogo, al este y al oeste[5]. Empero, en el simbolismo védico, la puerta del deva-loka[‘mundo de los dioses’] está situada al noreste, y la del pitr-loka al sudoeste; pero esto debe considerarse solo como una indicación más explícita del sentido en que se efectúa la marcha del ciclo anual. En efecto, conforme a la correspondencia recién mencionada, el período “ascendente” se desarrolla de norte a este y luego de este a sur; análogamente, el período “descendente” se desarrolla de sur a oeste y luego de oeste a norte[6]; podría decirse, pues, con mayor precisión aún, que la “puerta de los dioses” está situada al norte y vuelta hacia el este, que se considera siempre como el lado de la luz y de la vida, y que la “puerta de los hombres” está situada al sur y vuelta hacia el oeste, que, análogamente, se considera como el lado de la sombra y la muerte; y así quedan exactamente determinadas las dos vías permanentes, la una clara, la otra oscura, del mundo manifestado; por la una, no hay retorno (de lo no-manifestado a lo manifestado); por la otra, se vuelve atrás (a la manifestación)[7].

Falta aún, empero, resolver una apariencia de contradicción, a saber: el norte se designa como el punto más alto (úttara), y, por lo demás, hacia este punto se dirige el curso ascendente del sol, mientras que su curso descendente, se dirige hacia el sur, que aparece así como el punto más bajo; pero, por otra parte, el solsticio de invierno, que corresponde al norte en el año y señala el inicio del movimiento ascendente, es en cierto sentido el punto más bajo, y el solsticio de verano, que corresponde al sur, donde ese movimiento ascendente concluye, es, en el mismo respecto, el punto más alto, a partir del cual comenzará en seguida el movimiento descendente, que concluirá en el solsticio de invierno. La solución de esta dificultad reside en la distinción que cabe establecer entre el orden “celeste”, al cual pertenece el curso del sol, y el orden “terrestre”, al cual pertenece, al contrario, la sucesión de las estaciones; según la ley general de la analogía, ambos órdenes deben, en su correlación misma, ser mutuamente inversos, de modo que el más alto para un orden es el más bajo para el otro, y recíprocamente; así, según la expresión hermética de la Tabla de Esmeralda, “lo que está arriba (en el orden celeste) es como lo que está abajo (en el orden terrestre)”, o también, según las palabras evangélicas, “los primeros (en el orden principial) serán los postreros (en el orden manifestado)”[8]. No por eso es menos cierto, por lo demás, que en lo que concierne a los “influjos” vinculados a esos puntos siempre el norte permanece “benéfico”, ya se lo considere como el punto hacia el cual se dirige el curso ascendente del sol en el cielo o, con relación al mundo terrestre, como la entrada del deva-loka; y análogamente, el sur permanece siempre “maléfico”, ya se lo considere como el punto hacia el cual se dirige el curso descendente del sol en el cielo, o, con relación al mundo terrestre, como la entrada del pitr-loka[9]. Ha de agregarse que el mundo terrestre puede considerarse aquí, por transposición, como una representación del “cosmos” en conjunto, y que entonces el cielo, según la misma transposición, representará el dominio “extracósmico”; desde este punto de vista, la consideración del “sentido inverso” deberá aplicarse al orden “espiritual”, entendido en su acepción más elevada, con respecto no solamente al orden sensible sino a la totalidad del orden cósmico[10].

 

[1] [Publicado en É. T., mayo de 1938].

[2] Cabe notar que el Zodiaco figurado frecuentemente en el portal de las iglesias medievales está dispuesto de modo de señalar netamente esta división del ciclo anual.

[3] Véase especialmente Bhágavad-Gîtâ, VIII, 23-26; cf. LHomme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XXI. Una correspondencia análoga se encuentra en el ciclo mensual, pues el período de la luna creciente está también en relación con el deva-yâna, y el de la luna menguante con el pitr-yâna; puede decirse que las cuatro fases lunares corresponden, en un ciclo más restringido, a las cuatro fases solares que son las cuatro estaciones del año.

[4] La “puerta de los dioses” no puede ser una entrada sino en el caso de descenso voluntario, al mundo manifestado, sea de un ser ya “liberado”, sea de un ser que representa la expresión directa de un principio “supracósmico”. [Sobre este punto, ver Initiation et réalisation spitituelle, cap. XXXII: “Réalisation ascendante et descendante”]. Pero es evidente que esos casos excepcionales no entran en los procesos “normales” que aquí encaramos. Haremos notar solo que se puede comprender fácilmente así la razón por la cual el nacimiento del Avatâra se considera como ocurrido en la época del solsticio de invierno, época que es la de la fiesta de Navidad en la tradición cristiana.

[5] En el día, la mitad ascendente es de medianoche a mediodía, la mitad descendente de mediodía a medianoche: medianoche corresponde al invierno y al norte, mediodía al verano y al sur; la mañana corresponde a la primavera y al este (lado de la salida del sol), la tarde al otoño y al oeste (lado de la puesta del sol). Así, las fases del día, como las del mes, pero en escala aún más reducida, representan analógicamente las del año; ocurre lo mismo, de modo más general, para un cielo cualquiera, que, cualquiera fuere su extensión, se divide siempre naturalmente según la misma ley cuaternaria. De acuerdo con el simbolismo cristiano, el nacimiento del Avatâra ocurre no solamente en el solsticio de invierno, sino también a medianoche; está así, pues, en doble correspondencia con la “puerta de los dioses”. Por otra parte, según el simbolismo masónico, el trabajo iniciático se cumple “de mediodía a medianoche”, lo que no es menos exacto si se considera el trabajo como una marcha efectuada de la “puerta de los hombres” a la “puerta de los dioses”; la objeción que se podría estar tentado de hacer, en razón del carácter “descendente” de este período, se resuelve por una aplicación del “sentido inverso” de la analogía, como se verá más adelante.

[6] Esto está en relación directa con la cuestión del sentido de las “circumambulaciones” rituales en las diferentes formas tradicionales: según la modalidad “solar” del simbolismo, ese sentido es el que indicamos aquí, y la “circumambulación” se cumple teniendo constantemente a la derecha el centro en torno del cual se gira; según la modalidad “polar”, se cumple en sentido opuesto al anterior, o sea teniendo el centro siempre a la izquierda. El primer caso es el de lapradákshinâ, tal como está en uso en las tradiciones hindú y tibetana; el segundo se encuentra particularmente en la tradición islámica; quizá no carezca de interés señalar que el sentido de esas “circumambulaciones”, respectivamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, corresponde igualmente a la dirección de la escritura en las lenguas sagradas de dichas formas tradicionales. En la masonería, en su forma actual, el sentido de las “circumambulaciones” es solar; pero parece, al contrario, haber sido “polar” en el antiguo ritual “operativo”, según el cual el “trono de Salomón” estaba además situado a occidente y no a oriente.

[7] Bhágavad-Gitâ, VIII, 26. Puede observarse que la “claridad” y la “oscuridad”, que caracterizan respectivamente a estas dos vías, corresponden exactamente a los dos principios complementarios, yang y yin, de la tradición extremo-oriental.

[8] A este doble punto de vista corresponde, entre otras aplicaciones, el hecho de que en figuraciones geográficas o de otro orden el punto situado arriba pueda ser el norte o el sur; en China es el sur, y en el mundo occidental ocurrió lo mismo entre los romanos y durante parte del Medioevo; este uso, en realidad, según lo que acabamos de decir, es el más correcto en lo que concierne a la representación de las cosas terrestres, mientras que al contrario, cuando se trata de las cosas celestes, el norte debe normalmente situarse arriba; pero va de suyo que el predominio de uno u otro de esos dos puntos de vista, según las formas tradicionales o según las épocas, puede determinar la adopción de una disposición única para todos los casos indistintamente; y, a este respecto, el hecho de situar el norte o el sur arriba aparece generalmente vinculado sobre todo con la distinción de las dos modalidades, “polar” y “solar”, siendo el punto que se sitúa en lo alto el que se tiene orientándose según una u otra de ellas, como lo explicaremos en la nota siguiente.

[9] Señalemos, incidentalmente, otro caso en que un mismo punto conserva también una significación constante a través de ciertos cambios que constituyen aparentes inversiones: la orientación puede tomarse según una u otra de las dos modalidades, “polar” y “solar’, del simbolismo; en la primera, mirando hacia la estrella polar, o sea volviéndose hacia el norte, se tiene el este a la derecha; en la segunda, mirando el sol sobre el meridiano, o sea, volviéndose al sur, se tiene el este a la izquierda; las dos modalidades han estado en uso, particularmente, en China en épocas diferentes; así, el lado al cual se dio la preeminencia fue a veces la derecha y a veces la izquierda, pero, de hecho, fue siempre el este, o sea el “lado de la luz”. Agreguemos que existen además otros modos de orientación, por ejemplo volviéndose hacia el sol levante; a éste se refiere la designación sánscrita del sur como dákshina o ‘lado de la derecha’; y es también el que, en Occidente, fue utilizado por los constructores de la Edad Media para la orientación de las iglesias. [Sobre todas las cuestiones de orientación de que se trata en este capítulo, se remite a La Grande Triade, cap. VII].

[10] Para dar un ejemplo de esta aplicación, por lo demás en relación estrecha con aquello de que aquí se trata, si la “culminación” del sol visible ocurre a mediodía, la del “sol espiritual” podrá considerarse simbólicamente como ubicada a medianoche; por eso se dice de los iniciados en los “grandes misterios” de la Antigüedad que “contemplaban el sol a medianoche”; desde este punto de vista, la noche no representa ya la ausencia o privación de la luz, sino su estado principal de no-manifestación, lo que por lo demás corresponde estrictamente a la significación superior de las tinieblas o del color negro como símbolo de lo no-manifestado; y también en este sentido deben entenderse ciertas enseñanzas del esoterismo islámico según las cuales “la noche es mejor que el día”. Se puede notar además que, si el simbolismo “solar” tiene una relación evidente con el día, el simbolismo “polar”, en cambio, tiene cierta relación con la noche; y es también muy significativo a este respecto que el “sol de medianoche” tenga literalmente, en el orden de los fenómenos sensibles, su representación en las regiones hiperbóreas, es decir, allí mismo donde se sitúa el origen de la tradición primordial.

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Norte y Sur son puntos geográficos que están relacionados a la astrología en el sentido de que corresponden: el norte o invierno a Capricornio y el sur o verano a Cáncer, los dos solsticios; en tanto que en el este o primavera se situará a Aries y en el oeste u otoño a Libra, los dos equinoccios. Estos signos astrológicamente pertenecen a un elemento: Capricornio a la tierra, Cáncer al agua, Aries al fuego y Libra al aire, entre otras relaciones que tienen que ver con el cuaternario.

Para la explicación y las variadas correspondencias con la simbólica de las dos puertas zodiacales ubicadas al norte y al sur, es decir, referidas a los solsticios, podría ser adecuado retomar algunos planteamientos de la obra de René Guénon y que están estrechamente vinculados a la entrada y salida del Templo, denominándose en varias doctrinas respectivamente como “la puerta de los hombres” y “la puerta de los dioses”. La primera corresponde, como hemos ya dicho, al solsticio de verano y al signo de Cáncer, en tanto, que la segunda será la del solsticio de invierno y del signo de Capricornio. En el simbolismo constructivo se les vincula, respectivamente, con la puerta del templo y la apertura situada en la cúpula donde se coloca la piedra de toque, forzosamente desde afuera del templo.

Retomando el simbolismo astrológico, el ciclo anual podemos ver se “divide” en dos mitades: una etapa descendente y otra ascendente, en la primera el sol va hacia el norte, se encamina hacia el solsticio de invierno y en la segunda el sol va hacia el sur, o sea, rumbo al solsticio de verano. En la tradición hindú la fase ascendente se relaciona con el deva-yâna (vía de los dioses) y la descendente con el pitr-yâna (vía de los padres o antepasados).

El solsticio de invierno será, por tanto, el polo norte y el solsticio de verano el polo sur, marcando la línea vertical de la rueda en donde al sur le corresponde el mediodía y al norte la medianoche. De ahí el sentido esotérico de que los trabajos iniciáticos comiencen a mediodía y cierren a medianoche, es el lapso para realizar el ritual, saliendo uno del tiempo lineal, uniforme y plano del mundo profano e ingresando a otro tiempo en el que todo se hace de acuerdo al rito y, por ende, al símbolo.

Los dos solsticios marcan, entonces, la división del ciclo anual en dos mitades, una ascendente y otra descendente, que reflejan de alguna manera la ley universal aplicable a todo lo existente, el yin y el yang, sístole y diástole, masculino y femenino, positivo y negativo. Pero también los dos puntos en los cuales se “suspende” el movimiento y por lo tanto el tiempo.

Estas dos puertas solsticiales están vinculadas al simbolismo de Jano. Jano es el ianitor (portero) que abre y cierra las puertas (ianuae) del ciclo anual, con las llaves que son uno de sus principales atributos, la llave como simbolismo axial que lo conecta a Jano con la parte Suprema. Sus dos rostros se consideran como la representación del pasado y el porvenir, sin embargo, entre el pasado que ya no es y el porvenir que no es aún, el verdadero rostro de Jano es aquel que mira el presente, el instante permanentemente frente a nuestros ojos o realidad, que es verdaderamente lo único que nos conforma. En efecto, ese tercer rostro, es invisible porque el presente, en la manifestación temporal, no constituye sino un inaprehensible instante, aunque, nos recuerda Guénon, “cuando el ser se eleva por sobre las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, al contrario, toda realidad.” A Jano se le conoce también como “el Señor del triple tiempo”.

Este tercer rostro de Jano corresponde, en otro simbolismo, el de la tradición hindú, al ojo frontal de Shiva, invisible también, ojo que figura “el sentido de eternidad”. Jano () ha dado su nombre al mes de enero (), que es aquel con el que abre el año (solsticio de invierno). Jano “Señor del triple tiempo” (atributo igualmente asignado a Shiva), es también, el “Señor de las dos vías”, esas dos vías, de derecha y de izquierda (que los pitagóricos representan con la letra Y -Épsilon-) y que son idénticas al deva-yâna y al pitr-yâna; y que aquí igualmente, habrá que mencionar, hay una tercera vía no visible que se relaciona precisamente con el tercer rostro de Jano.

Jano era el dios de la iniciación y presidía los Collegia Fabrorum, escuela iniciática vinculada con el ejercicio de las artesanías. Jano era un antiguo dios asirio-babilónico, que para los romanos, precedía todo nacimiento ya sea de los hombres, del cosmos o de las acciones ha emprenderse. Lleva consigo dos llaves y por ello se le relaciona con una deidad de aperturas o de inicios, en el cristianismo las fiestas solsticiales de Jano se han convertido en las de los dos San Juan y estas se celebran siempre en las mismas épocas, es decir, en las postrimerías de los solsticios de invierno y de verano, las llaves de Jano, en la simbólica cristiana, abren y cierran el “Reino de los cielos” y el de la tierra, una llave es de oro y la otra es de plata.

En la sucesión de los antiguos Collegia Fabrorum, igualmente es Guénon al que nos remitimos, se transmitió regularmente a las corporaciones que, a través de todo el medioevo, mantuvieron el mismo carácter iniciático y en especial a la de los constructores. La masonería ha conservado como uno de los testimonios más explícitos de su origen las fiestas solsticiales consagradas a los dos San Juan, después de haberlo estado a los dos rostros de Jano. Estos rostros que marcan ciclos y tiempos específicos señalan, en su lado izquierdo el pasado, quizás recordando que en una primera etapa los iniciados deben de tomar conciencia de lo que se requiere cambiar u operar en la construcción de su templo interno. En tanto que el lado derecho corresponde al porvenir y tal vez, hable, entre otras cosas, de lo que está por saberse y aprehenderse.

Estas fiestas que se han celebrado por variadas culturas y pueblos se sitúan en realidad un poco después de la fecha exacta de los solsticios, una vez que el descenso y el ascenso han comenzado; a esto corresponde, en el simbolismo védico, el hecho de que las puertas del Pitr-loka (de los antepasados) y el Deva-loka (de los dioses), se consideren situadas, respectivamente, hacia el sudoeste y el nordeste. Podría decirse, comenta Guénon, con mayor precisión, que “la puerta de los dioses” está situada al norte y vuelta hacia el este y que “la puerta de los hombres” está situada al sur y vuelta hacia el oeste.

Ahora bien, el doble sentido del nombre mismo de Juan es interesante y probablemente relevante para otros: el nombre Yehohanán, puede significar “misericordia de Dios” y también “alabanza de Dios”. El primer concepto se ha vinculado a San Juan Bautista, en tanto que el segundo se le ha designado más frecuentemente a San Juan Evangelista. La misericordia es atributo descendente en tanto que la alabanza requiere de un esfuerzo ascendente. Al Bautista, en la masonería, nos comentan los siete maestros masones en su libro, se le relaciona con la escuadra y el nivel, herramientas indispensables para que la base del edificio a construir este perfectamente allanada y encuadrada, sea esta imagen perfecta del trabajo que nosotros como aprendices hemos de realizar, es decir, la rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo. En tanto al Evangelista, “el águila de Dios” y “el discípulo bien amado” se le considera el apóstol que da testimonio de la luz –del conocimiento– y por ende se le encarga bautizar con el fuego del espíritu. La masonería, nos seguimos refiriendo al mismo libro, le asigna la perpendicular y el compás, y con esto, la posibilidad de trazarnos como instrumentos tales que enlacemos con el eje vertical que va del centro del templo hasta su sumidad más alta donde reside la clave de bóveda.

Hay un símbolo en la masonería (en particular en la anglosajona) que es un círculo entre dos tangentes paralelas, estas tangentes, entre otros significados, representan a los dos San Juan. Estas líneas o marcas, también señalan un límite al ir y venir del sol, son los dos solsticios que nos indican que el sol no puede sobrepasar su curso anual, y también, pueda ser, nos remita al signo correspondiente y al recordatorio que al estar entre columnas no hay que sobrepasarlas. También se le ha dado a estas líneas una relación con las dos columnas del árbol sefirótico y, en su carácter exotérico, se le puede ver como las “columnas de Hércules”, ya que es un héroe solar sosteniendo los dos pilares. Existe una divisa, de nuevo Guénon, que nos dice non plus ultra y que está referida a estas columnas y que, no solamente, expresa o señala los límites del mundo “conocido”.

Como hemos comentado a Jano se le puede observar como el “Señor dela Eternidad”, que probablemente sea uno de sus aspectos más importantes, esto se relaciona con el principio (alfa) y con el fin (omega) de todas las cosas y esto, nos pueda remitir, al evangelio de San Juan que inicia con estas palabras: “En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Por él fueron hechas todas las cosas: y sin él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas, en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres: Y esta luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido” (I, 1-5). O bien la referencia a Cristo como  el principio y el fin de todas las cosas, el alfa y el omega. Jano es igualmente “el Señor de las dos vías” por consecuencia inmediata de su carácter de “Señor de Conocimiento”, lo que nos remite de nuevo a la idea de la iniciación de los misterios. Initiatio, nos recuerda Guénon, deriva de in-ire“entrar”, lo que se vincula igualmente con el simbolismo de la puerta y con Jano (Ianus) que contienen la misma raíz que el verboire, “ir”; esta raíz se encuentra en sánscrito con el mismo sentido que en latín, es la palabrayâna, “vía”, cuya forma esta próxima a la del nombre Ianus, y que faculta la iniciación, initiatio; en el extremo oriente la palabra Tao significa vía, y sirve para designar al Principio Supremo.

Autor; Hombre de Mercurio

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