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El umbral entre el final de un año y el comienzo de otro

Una puerta separa el final y el comienzo

Se acaba 2015 y da paso a 2016 con el mes de enero, o dicho en latín, llega el mes de “januarius” el mes de Jano:

Jano, dios de la astrología y de las puertas, tenía una especial relación con el universo, era el encargado de mantener la armonía cósmica y los ritmos planetarios. Sus templos, de forma cuadrangular, representando los cuatro puntos cardinales, tenían doce altares, tres en cada lado, que simbolizaban los doce meses del año con tres meses en cada uno de los lados o en cada estación del año.

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Era lo más parecido a un portero con capacidad para abrir o cerrar las puertas, las épocas, las temporadas o las rachas, por eso se le llamaba “Señor del Tiempo y dueño de las llaves (de las claves)”
Se le representaba como un personaje de dos rostros: Uno mirando hacia el pasado que condiciona lo que somos y la experiencia que hemos de tener en consideración. El otro rostro miraba al futuro, a lo que podemos llegar a ser, al mundo celeste y al conocimiento.

La mitología de Jano se relaciona con el fin de un año y el comienzo de otro y tiene el sentido especial de aprender a despedir lo que nunca más ha de volver y de saber ir al encuentro de lo nuevo y lo desconocido.
La enseñanza del tiempo es el encuentro del pasado con el futuro, son las dos fases de la existencia, la clave.

FB Adela Ferrer

EL SIMBOLISMO SOLSTICIAL DE JANO[1]

René Guenon

 

Acabamos de ver que el simbolismo de las dos puertas solsticiales, en Occidente, existía entre los griegos y más en particular entre los pitagóricos; se lo encuentra igualmente entre los latinos, donde está esencialmente vinculado con el simbolismo de Jano. Como ya hemos hecho alusión a éste y a sus diversos aspectos en muchas ocasiones, no consideraremos aquí sino los puntos referidos más directamente a lo que hemos expuesto en nuestros últimos estudios, aunque, por otra parte, sea difícil aislarlos por completo del conjunto complejísimo de que forman parte.

Jano, en el aspecto de que ahora se trata, es propiamente el ianitor [‘portero’] que abre y cierra las puertas (ianuae) del ciclo anual, con las llaves que son uno de sus principales atributos; y recordaremos a este respecto que la llave es un símbolo “axial”. Esto se refiere, naturalmente, al aspecto “temporal’ del simbolismo de Jano: sus dos rostros, según la interpretación más habitual, se consideran como representación respectiva del pasado y el porvenir; ahora bien: tal consideración del pasado y el porvenir se encuentra también, como es evidente, para un ciclo cualquiera, por ejemplo el ciclo anual, cuando se lo encara desde una u otra de sus extremidades. Desde este punto de vista, por lo demás, importa agregar, para completar la noción del “triple tiempo”, que entre el pasado que ya no es y el porvenir que no es aún, el verdadero rostro de Jano, aquel que mira el presente, no es, se dice, ninguno de los dos visibles. Ese tercer rostro, en efecto, es invisible porque el presente, en la manifestación temporal, no constituye sino un inaprehensible instante[2]; pero, cuando el ser se eleva por sobre las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, al contrario, toda realidad. El tercer rostro de Jano corresponde, en otro simbolismo, el de la tradición hindú, al ojo frontal de Çiva, invisible también, puesto que no representado por órgano corporal alguno, ojo que figura el “sentido de la eternidad”; una mirada de ese tercer ojo lo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación; pero, cuando la sucesión se transmuta en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todas las cosas vuelven a encontrarse y moran en el “eterno presente”, de modo que la destrucción aparente no es en verdad sino una “transformación”.

Volvamos a lo que concierne más particularmente al ciclo anual: sus puertas, que Jano tiene por función abrir y cerrar, no son sino las puertas solsticiales a que ya nos hemos referido. No cabe duda alguna a este respecto: en efecto, Jano [Ianus] ha dado su nombre al mes de enero (ianuarius), que es el primero, aquel por el cual se abre el año cuando comienza, normalmente, en el solsticio de invierno; además, cosa aún más neta, la fiesta de Jano, en Roma, era celebrada en los dos solsticios por los Collegia Fabrorum; tendremos inmediata oportunidad de insistir sobre este punto. Como las puertas solsticiales dan acceso, según lo hemos dicho anteriormente, a las dos mitades, ascendente y descendente, del ciclo zodiacal, que en ellas tienen sus puntos de partida respectivos, Jano, a quien ya hemos visto aparecer como el “Señor del triple tiempo” (designación que se aplica también a Çiva en la tradición hindú), es también, por lo dicho, el “Señor de las dos vías”, esas dos vías, de derecha y de izquierda, que los pitagóricos representaban con la letra Y[3], y que son, en el fondo, idénticas al deva-yána y al pitr-yâna respectivamente[4]. Es fácil comprender, entonces, que las llaves de Jano son en realidad aquellas mismas que, según la tradición cristiana, abren y cierran el “Reino de los cielos” (correspondiendo en este sentido al deva-yâna la vía por la cual se alcanza aquél)[5], y ello tanto más cuanto que, en otro respecto, esas dos llaves, una de oro y otra de plata, eran también, respectivamente, la de los “grandes misterios” y la de los “pequeños misterios”.

En efecto, Jano era el dios de la iniciación[6], y esta atribución es de las más importantes, no solo en sí misma sino además desde el punto de vista en que ahora nos situamos, porque existe una conexión manifiesta con lo que decíamos sobre la función propiamente iniciática de la caverna y de las otras “imágenes del mundo” equivalentes de ella, función que nos ha llevado precisamente a considerar el asunto de las puertas solsticiales. A ese título, por lo demás, Jano presidía los Collegia Fabrorum, depositarios de las iniciaciones que, como en todas las civilizaciones tradicionales, estaban vinculadas con el ejercicio de las artesanías; y es muy notable que esto, lejos de desaparecer con la antigua civilización romana, se haya continuado sin interrupción en el propio cristianismo, y que de ello, por extraño que parezca a quienes ignoran ciertas “transmisiones”, pueden aún encontrarse vestigios en nuestros mismos días.

En el cristianismo, las fiestas solsticiales de Jano se han convertido en las de los dos San Juan, y éstas se celebran siempre en las mismas épocas, es decir en los alrededores inmediatos de los solsticios de invierno y verano[7]; y es también muy significativo que el aspecto esotérico de la tradición cristiana haya sido considerado siempre como “johannita”, lo cual confiere a ese hecho un sentido que sobrepasa netamente, cualesquiera fueren las apariencias exteriores, el dominio simplemente religioso y exotérico. La sucesión de los antiguos Collegia Fabrorum, por lo demás, se transmitió regularmente a las corporaciones que, a través de todo el Medioevo, mantuvieron el mismo carácter iniciático, y en especial a la de los constructores; ésta, pues, tuvo naturalmente por patronos a los dos San Juan, de donde proviene la conocida expresión de “Logia de San Juan” que se ha conservado en la masonería, pues ésta no es sino la continuación, por filiación directa, de las organizaciones a que acabamos de referirnos[8]. Aun en su forma especulativa” moderna, la masonería ha conservado siempre también, como uno de los testimonios más explícitos de su origen, las fiestas solsticiales, consagradas a los dos San Juan después de haberlo estado a los dos rostros de Jano[9]; y así la doctrina tradicional de las dos puertas solsticiales, con sus conexiones iniciáticas, se ha mantenido viva aún, por mucho que sea generalmente incomprendida, hasta en el mundo occidental actual.

[1] [Publicado en É. T., julio de 1938].

[2] Por esta misma razón ciertas lenguas, como el hebreo y el árabe, no tienen forma verbal correspondiente al presente.

[3] Es lo que se figuraba también, en forma exotérica y “moralizada”, el mito de Hércules entre la Virtud y el Vicio, cuyo simbolismo se ha conservado en el sexto arcano del Tarot. El antiguo simbolismo pitagórico, por lo demás, ha tenido otras “supervivencias” harto curiosas; así, se lo encuentra, en la época renacentista, en el pie de imprenta del impresor Nicolas du Chemin, diseñado por Jean Cousin.

[4] La palabra sánscrita yâna tiene la misma raíz que el latín ire, y, según Cicerón, de esta raíz deriva el nombre mismo de Jano [Ianus], cuya forma está, por lo demás, singularmente próxima a la de yâna.

[5] Acerca de este simbolismo de las dos vías, cabe agregar que existe una tercera, la “vía del medio”, que conduce directamente a la “liberación”, a esta vía correspondería la prolongación superior, no trazada, de la parte vertical de la letra Y, y esto ha de ponerse además en relación con lo que se ha dicho más arriba sobre el tercer rostro (invisible) de Jano.

[6] Notemos que la palabra initiatio proviene de in-ire, y que por lo tanto se encuentra en ella también el verbo ire, al que se vincula el nombre de Jano.

[7] El San Juan invernal está, así, muy próximo a la fiesta de Navidad, la cual, desde otro punto de vista, corresponde no menos exactamente al solsticio de invierno, según lo hemos explicado anteriormente. Un vitral del siglo XIII de la iglesia de Saint-Rémi, en Reims, presenta una figuración particularmente curiosa, y sin duda excepcional, en relación con aquello de que aquí se trata: se ha discutido en vano la cuestión de cuál de los dos San Juan es el allí representado. La verdad es que, sin que quepa ver en ello la menor confusión, se ha representado a los dos, sintetizados en la figura de un solo personaje, como lo muestran los dos girasoles colocados en sentidos opuestos sobre la cabeza de aquél, que corresponden en este caso a los dos solsticios y a los dos rostros de Jano. Señalemos aún, de paso y a título de curiosidad, que la expresión popular francesa “Jean qui pleure et Jean qui rit” [‘Juan que ríe y Juan que llora’] es en realidad una reminiscencia de los dos rostros opuestos de Jano. [Cf. nota 5 del capítulo siguiente].

[8] Recordaremos que la “Logia de San Juan”, aunque no asimilada simbólicamente a la caverna, no deja de ser, como ésta, una figura del “cosmos”; la descripción de sus “dimensiones” es particularmente neta a este respecto: su longitud es “de oriente a occidente”; su anchura, “de mediodía a septentrión”; su altura, “de la tierra al cielo’; y su profundidad, “de la superficie al centro de la tierra”. Es de notar, como relación notable en lo que concierne a la altura de la Logia, que, según la tradición islámica, el sitio donde se levanta una mezquita se considera consagrado no solamente en la superficie de la tierra, sino desde ésta hasta el “séptimo cielo”. Por otra parte, se dice que “en la Logia de San Juan se elevan templos a la virtud y se cavan mazmorras para el vicio”; estas dos ideas de “elevar” y “excavar” se refieren a las dos “dimensiones” verticales, altura y profundidad, que se cuentan según las mitades de un mismo eje que va “del cenit al nadir”, tomadas en sentido mutuamente inverso; esas dos direcciones opuestas corresponden, respectivamente, al sattva y el tamas (mientras que la expansión de las dos “dimensiones” horizontales corresponde al rajas), es decir, a las dos tendencias del ser, hacia los Cielos (el templo) y hacia los Infiernos (la mazmorra), tendencias que están aquí más bien “alegorizadas” que simbolizadas en sentido estricto, por las nociones de “virtud” y “vicio’, exactamente como en el mito de Hércules que recordábamos antes. [Los tres términos sánscritos mencionados se explican así en L’Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. IV: “Los guna… son… condiciones de la Existencia universal a que están sometidos todos los seres manifestados… Los tres guna son: sattva, conformidad a la esencia pura del Ser (Sat), que se identifica con la Luz inteligible o el Conocimiento y se representa como una tendencia ascendente; rajas, la impulsión expansiva, según la cual el ser se desarrolla en cierto estado y, en cierto modo, en un nivel determinado de la existencia; tamas, la oscuridad, asimilada a la ignorancia, y representada como una tendencia descendente”. (N. del T.)]

[9] En el simbolismo masónico, dos tangentes paralelas a un circulo se consideran, entre otras significaciones diversas, como representación de los dos San Juan; si se ve al Círculo como una figura del ciclo anual, los puntos de contacto de las dos tangentes, diametralmente opuestos entre sí, corresponden entonces a los dos puntos solsticiales.

Dios Jano por Jesús Callejo


Jano era el dios de las puertas
, los comienzos y los finales. Por eso el mes de enero, el primero del año, recibe este nombre en su honor. Dios de la mitología romana que tenía dos caras mirando hacia ambos lados de perfil, su templo se cerraba en tiempos de paz. Su representación habitual es bifronte, esto es, con dos caras mirando en direcciones opuestas. Es el dios de los cambios y las transiciones, de los momentos en los que se traspasa el umbral que separa el pasado y el futuro. Su protección, por tanto, se extiende hacia aquellos que desean variar el orden de las cosas. Se le honraba cada vez que se iniciaba un proyecto nuevo, nacía un bebé o se contraía matrimonio. Como Prometeo, es una suerte de héroe cultural ya que se le atribuye entre otras cosas la invención del dinero, las leyes y la agricultura.

A diferencia de nuestro calendario actual, las calendas de enero de los antiguos romanos no eran unas fechas de vacaciones. Por el contrario, los actos de trabajo eran considerados como muy recomendables porque, según prescribía Jano (en palabras de Ovidio): “Consagraré a todos aquellos que empiezan el año trabajando para que no tengan un año ocioso”.

Jano

Los romanos celebraban la fiesta de su dios Jano (el bifronte) el 1 de enero, y de él procede precisamente el nombre etimológico de enero, de janus, januariis, mes de Jano. Este era el dios protector de las puertas y de los comienzos en la región romana, a quien se le representaba con dos caras, con una vara y una llave. Para los celtas se hallaba bajo la protección de Abais, periodo en que el pasado y el futuro quedaban unidos.

LOS ORÍGENES DE LA FIESTA DEL 1 DE ENERO

Dios Jano

Para los egipcios su Año Nuevo empezaba el 15 de junio; para las culturas andinas, a principios de diciembre, y para los  celtas, el 1 de noviembre. Son tres ejemplos de los muchos que se podrían esgrimir, puesto que el hecho de nuestro año nuevo empiece un 1 de enero obedece más a cuestiones prácticas, astronómicas o agrícolas.  Todos tenían algo que decir o apostillar, basándose en sus conocimientos científicos y en sus creencias religiosas.

Entre los diversos principios de año, el legal está fijado actualmente en la medianoche del primero de enero. Hasta hace algunos siglos esto no estaba tan claro.

En realidad, el calendario primitivo de Roma tenía 10 meses (304 días en total) y comenzaba por Martius(dedicado al dios Marte), que pasó a ser marzo en castellano. Le seguían abril, mayo, junio, quintilis, sextilis, september, october, november y december. Fue Numa Pompilio, el segundo rey de Roma (715-672 a. de C.) quien adaptó el calendario al año solar (cuatro de los originales meses romanos tenían 31 días cada uno; los otros seis, treinta) y le agregó los dos meses restantes: Januarius y Februarius.

Los romanos celebraban la fiesta de su dios Jano (el bifronte) el 1 de enero, y de él procede precisamente el nombre etimológico de enero, de janus, januariis, mes de Jano. Este era el dios protector de las puertas y de los comienzos en la región romana, a quien se le representaba con dos caras, con una vara y una llave. Para los celtas se hallaba bajo la protección de Abais, periodo en que el pasado y el futuro quedaban unidos.

Este mes recibió finalmente sus definitivos 31 días durante la reforma ordenada por Julio César en el 47 a. de C., decretando que el año debía empezar en enero (el nacimiento de su calendario juliano), con tanto éxito que sólo fue reformado por el calendario gregoriano nada menos que en el año 1582, para intentar reajustar los años bisiestos que traía de cabeza a los sabios de aquella época.


Hasta que se produjo el reajuste definitivo, la fecha del Año Nuevo variaba según las naciones. En Italia incluso de ciudad en ciudad, que ya es el colmo y ganas de complicar más un asunto de por sí complicado. En Florencia. por ejemplo, fue el 25 de marzo hasta 1749. En Venecia fue el 1 de marzo y en Milán el 25 de diciembre hasta 1797.

En las colonias británicas de Estados Unidos se continuó celebrando el Año Nuevo el primero de marzo hasta 1752, porque en esa fecha es cuando se festejaba en Inglaterra. Los puritanos, que poblaron Estadios Unidos a partir del siglo XVII, eran protestantes y no toleraban la celebración de festivales religiosos. Consideraban pagana la costumbre de hacerse regalos el 1 de enero en lugar de Navidad al pensar que se hacía reverencia al dios Jano. En cambio, en aquellos lugares donde asentaron sus colonias los españoles, portugueses o franceses se empezó a celebrar el 1 de enero, a partir de 1582, año en el que se adoptó el calendario gregoriano.

Ahora bien, ¿cuándo se fijó por vez primera el 1 de enero como el inicio de año? En la antigua Roma empezaron a unificarse criterios. Según la tradición, fue señalado por la reforma  del calendario atribuida a Numa (antes de él el comienzo era el 1 marzo). Las primeras noticias de este cambio se remontan al 1 de enero con la Lex Acilia en la mano, y al 153 a. de C. cuando los cónsules empezaron a ocupar sus cargos en esta fecha. La tradición del Año Nuevo se había consolidado plenamente como atestigua el poeta Ovidio en los Fastos, dándonos una imagen gráfica y bastante  expresiva de esta fecha. Ovidio imagina que el dios Jano se aparece en persona al 1 de enero explicándole las costumbres de aquel día.

Enero (Ianuarius, en latín) estaba dedicado al dios bifronte Ianus, “que mira delante y detrás, al final del año transcurrido al principio del próximo”. A Jano se le representa con dos rostros: uno barbudo  y viejo y el otro joven. Su función consistía presidir los inicios y los renacimientos iniciáticos. Así pues se dedicaba a Jano bifronte -llamado el Iniciador- el mes había sustituido a marzo como inicio del año.

En este día lo romanos solían invitar a comer a los amigos y se regalaban ramos de laurel o de olivo procedentes del bosque sagrado de Strenia, la diosa de la salud, como augurio de fortuna y de felicidad. De aquí proceden los “strenae” romanos u obsequios de Año Nuevo que con el tiempo adoptaron la forma práctica y dulce de regalar o intercambiar jarros de miel con dátiles e higos con la frase: “Para que pase el sabor amargo de las cosas y que el ano que empieza sea dulce”. Los  strenae romanos persisten en el verbo español estrenar.

A diferencia de nuestro calendario actual, las calendas de enero de los antiguos romanos no eran unas fechas de vacaciones. Por el contrario, los actos de trabajo eran considerados como muy recomendables porque, según prescribía Jano (en palabras de Ovidio): “Consagraré a todos aquellos que empiezan el año trabajando para que no tengan un año ocioso”.

Autor: Jesús Callejo